Era de noche y ella no lo sabía;
Sólo se mecía en su mecedora,
en la espera de la caricia dormida.
Era de día y ella no lo notaba,
Pues había envejecido sin darse cuenta
Y por sus ojos ya no entraba luz.
Hacía frío, y hacía calor, y llovía… o no…
Y ella seguía en su mecedora, temblorosa
Y sollozante, angustiada y angustiante.
Con su lágrima trémula de las tres de la tarde,
Y con la de las dos…
Con sus tristes recuerdos y su cara de muerte,
Inmóvil, callada… y amante!
¡Nunca entendió, nunca entendió!
¡Pobre muñeca de trapo!
Ingrid Cavalieri

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